El cuerpo humano alberga una gran cantidad de organismos vivos (bacterias, levaduras y virus) en diferentes lugares (intestino delgado, colon, piel, zona ORL, …). Constituyen nuestras microbiotas y viven en simbiosis con el ser humano. Estos ecosistemas nos protegen de las agresiones externas y son beneficiosas para nuestra salud. Sin embargo, son muy frágiles. Existen factores externos e internos que influyen en su equilibrio y pueden generar trastornos funcionales, incluidas algunas enfermedades.

¿Qué es la disbiosis?

La colonización del tubo digestivo por las bacterias se produce desde el nacimiento. A continuación, la microbiota intestinal evoluciona hasta alcanzar su estado de madurez a la edad de aproximadamente 3 años. Así, cada individuo tiene una microbiota propia que se caracteriza por su riqueza y diversidad de microorganismos. Esta población microbiana constituye un equilibrio imprescindible para el correcto funcionamiento del organismo.

Sin embargo, algunos factores pueden fácilmente romper este equilibrio y provocar lo que se llama una disbiosis. En griego, el término “dis” significa negativo, malo y el término “bios” designa la vida. Por definición, la disbiosis es la alteración cualitativa y/o cuantitativa de la flora intestinal. Este riesgo de desequilibrio concierne también a las otras microbiotas que albergamos (la cutánea, la pulmonar, la vaginal, …).

Los factores que perturban la flora

Existen diversos elementos medioambientales y/o genéticos que alteran el equilibrio de la microbiota intestinal, cutánea, vaginal, bucal o incluso respiratoria como, por ejemplo:

  • Un tratamiento antibiótico o la toma de otros medicamentos
  • El estrés
  • Infecciones bacterianas, virales o parasitarias
  • Una inmunodeficiencia
  • Un consumo excesivo de alimentos procesados y un régimen alimentario bajo en vegetales
  • El tabaco
  • El consumo de alcohol
  • Cambios hormonales (menopausia, embarazo, …)

En general, el desequilibrio de la microbiota viene acompañado de diferentes trastornos que afectan la flora

Las consecuencias de la disbiosis sobre el organismo

Bacterias potencialmente peligrosas (como Escherichia coli) se encuentran a veces presentes dentro de nuestros intestinos, aunque en cantidades muy pequeñas que no suponen un riesgo para la salud. En caso de existir una disbiosis, eso puede provocar la proliferación de estas bacterias patógenas que se vuelven dominantes. Entonces, las bacterias buenas se ven dañadas.

Los efectos directos sobre el sistema digestivo

La microbiota intestinal interviene en la digestión de nutrientes, lo que explica por qué las primeras señales de una disbiosis son a menudo de orden digestivo. Por eso, algunos trastornos digestivos pueden manifestarse como tránsito acelerado, hinchazón, estreñimiento, síndrome del intestino irritable, gastroenteritis…

Si el desequilibrio persiste, la hipermeabilidad intestinal se instala y favorece un estado de inflamación crónica. De hecho, unos estudios científicos recientes demuestran la existencia de una relación estrecha entre la disbiosis intestinal y enfermedades inflamatorias crónicas del intestino (EII, como la enfermedad de Crohn y la colitis ulcerosa) (1).

Las múltiples consecuencias sobre el organismo

Además de su función digestiva, la microbiota juega un papel en las funciones metabólicas, inmunitarias y neurológicas. Efectivamente, teniendo en cuenta que el 60 al 70% de nuestras células inmunitarias son intestinales, una disbiosis intestinal también afecta a nuestro sistema inmunitario. Cuando nuestra flora intestinal se desequilibra, nuestra inmunidad se debilita y nuestras defensas naturales se vuelven menos eficientes.

Se considera que nuestro intestino es nuestro segundo cerebro. Cuando un desequilibrio se desarrolla en el sistema digestivo, puede causar también otras perturbaciones como por ejemplo trastornos psíquicos (fatiga, ansiedad, trastornos del sueño, antojos de azúcar, estado depresivo…). Por tanto, una disbiosis puede influir sobre nuestro estado de humor y nuestra salud mental.

Asimismo, las mujeres a veces pueden padecer un desequilibrio de su flora intima, lo que aumenta el riesgo de candidiasis (infección de Candida albicans). Además, un desequilibrio de la microbiota vaginal puede también ocasionar trastornos genitourinarios.

En cuanto a la microbiota cutánea, cuando se rompe el equilibrio, aumentan los riesgos de problemas cutáneos, como acné, eczema, psoriasis….

Dicho de otra manera, las consecuencias sobre el organismo son múltiples, de ahí la importancia de que uno/a cuide su flora intestinal.

¿Cómo reequilibrar su microbiota?

¡Por suerte, la disbiosis no es una fatalidad! Para corregir este fenómeno, lo primero es llevar una alimentación equilibrada con una dieta rica en fibras alimentarias. Estas fibras que no digerimos, llamadas prebióticas, sirven de comida para las bacterias intestinales y favorecen su crecimiento.

También se recomienda consumir más alimentos fermentados, naturalmente ricos en fermentos lácticos como el kéfir, el kombucha, los productos lácteos, la col cocida (chucrut), …

Asimismo, una cura de probióticos en forma de complementos alimenticios basados en lactobacilos y/o bifidobacterias también ayuda a restaurar el equilibrio de la microbiota intestinal, particularmente durante la toma de antibióticos. Favorecen la reconstrucción de la flora durante y después de una disbiosis. Sin embargo, no todos los probióticos valen. Para conseguir el efecto deseado, las cepas microbióticas deben estar presentes en las cápsulas en cantidad suficiente y con garantías de viabilidad y estabilidad para poder tener efectos beneficiosos sobre la salud.Para más

información, no dude en consultar con su médico.

Fuente: Oumaira Rahmouni, Laurent Dubuquoy, Pierre Desreumaux y Christel Neut. Microbiota intestinal y desarrollo de enfermedades inflamatorias crónicas del intestino. Med Sci (París) 2016; 32 : 968–973.

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